El autor acomete este libro, nos dice, para reivindicar el enfoque con el que Alexander von Humboldt buscaba explicar el mundo. Uno que integre la observación científica rigurosa con la representación artística, la curiosidad y la imaginación. Esta tradición, argumenta Dangles, es la que permitió a Humboldt y a sus discípulos constatar la interconexión de todas las cosas, fundamento de la disciplina que inauguraron: la ecología. La creciente especialización científica durante el siglo XX y la veneración de la objetividad habrían relegado a Humboldt y su filosofía del conocimiento. Enfrentados al cambio climático, es necesario que recuperemos esta mirada integradora.
Ilustra este enfoque a través de sus propias investigaciones sobre ecosistemas de montaña. Dangles se desplaza de los páramos del Antisana al campus de Cornell, en Ithaca; a las termas de Ñandú, en los Andes bolivianos; los campos colinados de sus vacaciones infantiles en el Aveyron francés; los glaciares del Chimborazo y las profundidades del lago Titicaca.
Este trasiego tiene también una dimensión temporal, pues las localidades de los estudios, las especies involucradas, los fenómenos físico-químicos y hasta las metodologías utilizadas le sirven al autor de pretexto para entablar un diálogo con naturalistas del pasado. Humboldt, por supuesto, quien atraviesa todo el texto. Pero hay decenas de otros protagonistas que compartieron este ethos, desde el entomólogo Jean-Henri Fabre, pasando por Horace-Bénédict de Saussure, los dos Agassiz, Evelyn Hutchinson, John Tyndall y Jacques Cousteau, además de Friederick Church, Julio Verne, Paul Rivet y Paula Terán (cuyas ilustraciones son un feliz complemento del libro). Estos interlocutores aportan dinamismo a las explicaciones científicas, y Dangles los presenta como antecedentes a lo que trata de hacer.
El trasiego espacio-temporal a ratos se parece a la esquizofrenia. El capítulo titulado “Peligro en el agua” es un ejemplo. Inicia con una escena de una novela de Verne, para remontarse a la experiencia de Humboldt con las anguilas eléctricas del Orinoco que la inspiró. Luego sigue con el interés de Humboldt por los peces, su descripción de las preñadillas, los peces del Himalaya y sus mitos, el París de la guillotina en el siglo XVIII, los estudios sobre la trucha en los Pirineos y el efecto de su introducción en los Andes, la pesca con mosca, la deriva de los insectos de río en el Antisana, para finalizar con las consecuencias del cambio climático. Y, de alguna manera, ¡funciona! Además de entretenido, este periplo hace evidente las intricadas interconexiones que sostienen al mundo.
Quizá hay un sesgo que también se le ha imputado a Humboldt: los protagonistas del avance del conocimiento son, en su gran mayoría, hombres europeos, y el conocimiento local del que se nutren estos científicos, aunque se lo menciona, queda en segundo plano. Del mismo modo, hay una idealización de la ciencia. Esto se dice de la misión de La Condamine: “uno de los primeros ejemplos de contacto entre los habitantes de los hemisferios norte y sur, basado en objetivos científicos, culturales y humanísticos, en lugar de poder, control territorial y explotación” (p. 263). Se obvia el contexto de competencia imperial en que se inscribió esta expedición, y hallazgos como el de la cinchona fueron instrumentales para el despliegue de ejércitos y administraciones imperiales en los trópicos.
Pero son falencias menores en una obra que logra entretener al tiempo que esclarece complejos conceptos de la ecología de montañas y el cambio climático. (AV)