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no. 139
julio 2026

 

 

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Portada de la revista Ecuador Terra Incognita No. 139: La raya águila pintada se caracteriza por sus vistosos diseños dorsales. Foto: Alex Mustard / Nature Picture Library


Portada de la edición actual de la revista Ecuador Terra Incognita.

 

 

Carta del editor

Durante mucho tiempo, el sapara no fue considerado como un pueblo del actual Ecuador. En 1975 se lo declaró extinto. Solo unos pocos ancianos hablaban su lengua y se los consideraba parte de los kichwas del Napo. A lo sumo, “záparos” era una etiqueta que designaba territorios indefinidos en mapas antiguos, como “omaguas” u “orejones”. Como parte del florecimiento de identidades indígenas tras las movilizaciones por el quincentenario en 1992, los jóvenes saparas se empeñaron en recuperar su cultura. Esta energía cristalizó en la declaración de la lengua sapara como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. En el artículo que abre esta edición, Anne-Gaël Bilhaut nos cuenta cómo los saparas han utilizado esa declaración en un proceso de recreación de su cultura, una en la que los sueños tienen un espacio central.

De la misma forma, en otras regiones del Ecuador ocurre esta constante gestación de nuevas identidades que incorporan tanto las tradiciones y saberes locales como los aportes externos para crear sus propias modernidades. Es lo que reflejan las fotografías que Johis Alarcón realizó en varias comunidades karankis de Imbabura. El trabajo muestra una juventud que afronta el futuro libre de los prejuicios racistas que empujaban a los indígenas a abandonar su cultura y territorio en pos de una identidad mestiza sancionada como la única válida. Al contrario, la fortaleza de estas formas de ser radican en el orgullo y conocimiento que se tiene de lo propio y cercano.

Impulsado por conocer lo que le rodea es que Ramiro Ávila —sí, el abogado de derechos de la naturaleza y exjuez constitucional— emprendió una caminata para tejer entre sí las cumbres que contempla desde su ventana, en el quiteño barrio de La Tola. En tres jornadas coronó Ruco Pichincha, cerro Ladrillos, Padre Encantado, Guagua Pichincha, Ungüí, Panecillo y, de yapa, el Itchimbía. Su relato, en forma de un diario, muestra cómo, sin necesidad de gestas deportivas distantes y titánicas, la montaña puede ser una vía de conocimiento personal.

 


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