La editorial más importante del país está de cumpleaños. Su importancia radica tanto en el volumen de su catálogo —tiene publicados más de 3 mil títulos, haciéndola, sin duda, la más prolífica— como en haber puesto al alcance de la sociedad nacional un universo que hasta entonces le era desconocido: el de las nacionalidades indígenas más acá del indigenismo y la ventriloquía. Todo tuvo su inicio —según rememoró su actual director, José Juncosa, durante la celebración realizada hace poco en la Biblioteca Nacional— cuando en 1975 el salesiano italiano Juan Botasso estableció un centro de documentación sobre la cultura shuar en Sucúa. El propósito era juntar material adecuado para los primeros esfuerzos de educación bilingüe.
Pronto se hizo evidente otro vacío: la inexistencia de materiales propios. Para solventarlo, se empezó a editar la serie “Mundo shuar”, una colaboración entre antropólogos, misioneros y los entonces jóvenes profesores shuar. Esta serie fue seguida por “Mundo andino”, que juntas pasaron a formar, en 1983, el sello Abya Yala. De varias maneras fue descrita la labor de la editorial durante su aniversario. “Un puente entre la oralidad y el texto escrito”, la consideró la poeta shuar Raquel Antún. Gioconda Herrera, directora de FLACSO, la describió como un “espacio de encuentro entre generaciones y una forma de memoria”, mientras que el antropólogo Phillippe Descola la percibe como “un diálogo entre sabios” locales y occidentales.
Fue la metáfora de Juncosa, sin embargo, quizá la más acertada. “Es el oficio del jardinero y horticultor el que mejor define nuestra actitud editorial”, dijo, con su énfasis en la diversidad, la particularidad y el cuidado. En efecto, la experiencia de pasearse entre los estantes de sus librerías, en especial en el amplio local que estuvo junto a la iglesia del Girón, en Quito, es la de adentrarse en un jardín de aromas y colores insólitos. Entre las matas y lianas memorables ahí hallados están la primera edición en español de los Viajes a través de los majestuosos Andes del Ecuador, de Edward Whymper (1993), Rucuyaya Alonso, la historia de los Napo Runa, de Blanca Muratorio (1988), las crónicas amazónicas implacables de Milagros Aguirre, y el que quizá sea el libro más influyente escrito por un ecuatoriano al menos desde Bolívar Echeverría: Cómo piensan los bosques, de Eduardo Kohn (2021), espesura de la que se sale cambiado.