Septiembre 2000
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Por Paúl Tufiño
Foto Diego Tirira

Reserva Ecológica Los Illinizas

Quilotoa es un volcán apagado, con 3.15 km de diámetro y una diferencia de 440 m entre el nivel del agua y el borde superior. El pastoreo de animales introducidos ha alterado la flora del cráter que incluye 82 especies útiles.

“Solo cuando hayas talado el último árbol, capturado el último pez y contaminado el último río, solo ahí sabrás que el dinero no sirve para nada”. Así reza un recuadro del folleto que el ex INEFAN, hoy Ministerio del Ambiente, distribuye para promocionar la existencia de la Reserva; en lo particular, espero que el siguiente relato sobre esta área contribuya a negar la posibilidad de un futuro tan pesimista.

La primera vez que escuché el nombre de la Reserva Los Ilinizas, pensé que solo servía para albergar los páramos que circundan a estos dos cerros; sin embargo, fue una sorpresa cuando en El Chaupi, César Iza, asistente de la Dra. Betty Leyton, Directora de la Reserva, nos confirmó que la superficie total del área es de 149.900 has, un territorio que, sin duda, abarca muchísimo más que solo dos picos.

La Reserva, declarada como tal en 1996, contiene 30.800 has de páramo y 119.100 de Bosque montano y subtropical. Se extiende entre las provincias de Pichincha y Cotopaxi, y se divide en tres sectores: el primero, con una extensión de 125.000 has, comprende, de manera sobresaliente, la cordillera de Zarapullo y de Tenefuerte, los cerros Ilinizas y Corazón y el río Toachi; el segundo sector corresponde a un área de 23.600 has que se encuentran al sur, separadas del resto por la carretera que va de Latacunga, por La Maná, a Quevedo; el tercer sector es una pequeña área aislada de las demás, que cubre una extensión de apenas 800 has y corresponde al Quilotoa, donde la Reserva abarca tan solo los alrededores de la laguna en un radio de 500 m.

La Reserva es nueva aún para los guías quienes visitan las montañas a menudo y existen zonas que son poco conocidas aún para quienes trabajan por su conservación.

Los Ilinizas

Aunque la temporada de agosto a diciembre es la mejor para visitar nuestras montañas, ese día en especial anhelaba que el temperamental clima del páramo dejase al paisaje argumentar por sí solo por qué este país es tan maravilloso. Además necesitábamos un buen día para alcanzar la cumbre del Iliniza Norte.

Poco antes del amanecer habíamos dejado atrás Machachi y cerca del puente de Jambelí tomamos el camino que nos llevaría primero a El Chaupi, un caserío andino constituido en parroquia desde 1949. Luego, continuamos a través de un estrecho camino que se vuelve arenoso, empinado, y que en ciertos tramos exige mantenimiento de todo tipo, hasta los pies de los Ilinizas, a unos 4.000 msnm.

El auto llega hasta un bosque de Polylepis o árboles de papel, pajonales, chuquiraguas, chochos de monte, puyas y pequeñas flores amarillas y violetas. Aquí el viento y el frío, aun con el sol llegándonos de lleno, parecían tener la instrucción de mostrarnos por qué todo en estos parajes tiende a ser pequeño, tenaz y cubierto por algo que siempre asume la función de un poncho.

El primer obstáculo en la base de los cerros, por causa de la erosión de la nieve y el viento, es un gran arenal en el que se dificulta caminar con firmeza. Luego se encuentra el refugio, una pequeña construcción que pertenece a la agrupación de andinistas Nuevos Horizontes. Para entonces, lo ostentoso de ambos picos había sobrepasado cualquier expectativa. El Iliniza Norte, que hasta ahora era roca y arena, desde aquí mostraba un enorme glaciar que cubría su pared opuesta; y el Sur evidenciaba que solo estaba abierto para personas con más experiencia y definitivamente mejor equipadas.

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CONTENIDO REVISTA 9

 

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