Septiembre 2000
SECCIONES

inicio
archivo
suscripción
quiénes somos
índice
segmentos fijos


ÚLTIMO NÚMERO

contenido


CLUB DE
SUSCRIPTORES


suscripción
museos socios
tarjeta del club

CONTACTO

 

 

 

 

Por Gabriela Anhalzer
Foto Jorge Anhalzer / Visualfund

Los Chagras de Muertepungo

La dura lucha a la hora de tratar a los poco colaboradores "huagras".

Algunos llegan al rodeo montados desde Sangolquí. El mayoral ordena una ‘bomba’ círculo donde decide quién va donde, y toda instrucción queda sellada con el “salud” de rigor. Es trago fuerte, fuerte mismo se llama, baja arrasando con todo incluido el frío. “Este, carajo, si es trago de a de veras”. Los que parten en tríos van bromeando y festejando, los que les toca ir solitos van silenciosos y con semblante serio.

Ponchos y zamarros para el frío, espuelas para el caballo, huasca para el toro y un perenne humor contra la soledad del páramo acompañan a los montados por riscos y pajonales. Zig zag hasta perderse en las alturas, paciencia hasta encontrar los cimarrones, día entero para llevarlos al corral.

Mientras los hombres persiguen a los bravos ‘huagras’ por pajonales y ‘huaicos’, en la cocina otra historia toma lugar; las mujeres se sientan alrededor de la ‘tullpa’ cobijadas por el humo que la leña verde despide, imposible no llorar. Cocinan para los hombres pelando papas mientras cuchichean, ejercicio de la lengua y las manos.

Después de largas horas de espera cuando el sol ya comienza a bajar para esconderse entre las montañas, se escucha los tan esperados mugidos del ganado que baja en estampida por la colina, rodeado por los montados; en la lontananza parecen pulgas, pero cerca se puede observar su majestuosidad que causa miedo entre los guaguas e inquietud entre las mujeres. Cuando los toros ya están cerca, todos corren o mejor dicho vuelan a esconderse. Entre insultos y carreras se logra meterlos al corral, uno que otro logra escaparse buscando la libertad. Los chagras, con la ‘huasca’ batiéndola en la mano y el caballo entre las piernas, se lanzan tras el renegado. Más a las malas que a las buenas es perseguido, enlazado y traído de vuelta al corral. En el corral es trabajo y es fiesta, los animales irisos son desparasitados, los ‘villis’ marcados, los maltones castrados, todos sometidos con el lazo desde el caballo y tumbados por los ‘chaquis’. El humor lo inunda todo y las risas revientan cada que uno de los animales trata de, haciendo gala de su brava sangre, “botarles tushpando” a sus torturadores.

Más tarde escogen a un torejón, para que la carne sea suave y tierna, y aunque saltó como endemoniado, las ‘huascas’ no perdonaron; ya la sentencia estaba dictada y la gente no había probado bocado, ni en el café ni en el almuerzo. Después del trámite de desposte, ‘la probanda fue inmediata’. El librillo y el esternón se sirven crudos “para curar los puzunes flojos”, entre tanto las llamas van cocinándole la carne, que más fresca imposible. La oscuridad va calando junto con el frío en todo rincón, forzando por fin a que estos hombres de las alturas se sienten. Las caras se iluminan al ver la comida caliente, tan esperada durante todo el día. El sueño llega tarde y solamente después de mucho jolgorio.

El ganado duerme en el corral, los caballos en las proximidades, y mañana llegará un empresario que quiere toros para una corrida de pueblo, para celebrar algún santo en la próxima semana. Otro rodeo: algo de platita para el bolsillo y otro poco más de aventuras para el alma.

inicio - archivo - suscripción

CONTENIDO REVISTA 9

 

 

portada inicio archivo subscripción inicio portada archivo subscripción