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Por Gabriela Anhalzer
Foto Jorge Anhalzer / Visualfund

Los Chagras de Muertepungo

Los chagras de Muertepungo dan un alto a sus actividades a la hora de la comida.

Al pasar por los páramos tan majestuosos y fríos, parece inconcebible que haya gente que viva en estos “desiertos” de paja. Es un mundo tan diferente, un archipiélago de lomas y aristas y aunque parezca, no es otro que el mismo Ecuador. Lejos de los grandes edificios, de las carreteras, la gente del páramo es orgullosa de lo suyo.

En estas soledades viven indígenas empujados a las alturas desde tiempos de la conquista; también algunos mestizos que heredaron de los usurpadores el caballo y el ganado bravo, y de los nativos el amor por el viento, el sol y los espacios abiertos. Estos son los chagras, vaqueros de altura, arrieros de reses bravas, cuidadores de vestigios de la cultura ecuatoriana. Son gente que parece creada del mismo barro del páramo.

Hay en el Antisana un páramo al que llaman Muertepungo. Tiene un cráter sin montaña que vomitó un flujo de lava hace ya doscientos años, pero está tan bien conservado que, visto desde las lomas aledañas, parecería haber ocurrido ayer. Al borde de la piedra hay una laguna y entre ambos una vaquería regentada por el chagra mayor don Cipriano, que junto con su colega don Jaime, suman ciento cincuenta años; ante tanta experiencia no hay toro, por más bravo y remontado, que les pueda. “Somos hechura antigua, amamantados con el pecho y no con el tarro, criados a punte pinol, tiempos de comida pura, sin químicos, ahura ni los caballos son como los de antes, no ve que ya en la yerba hay tanto fungicida y herbicida”.

Don Cipriano tiene un grato compañero de la familia de los cánidos con el ingrato nombre de Mal Pago, acompañante incondicional, escudero de nevadas y rodadas, Sancho sin cabalgadura. Como el resto, este chagra es de cara morena y curtida y la sonrisa tan luminosa e irregular como los glaciares del vecino Antisana. Además, tras de sí arrastra tres generaciones más de chagras y guaguas chagritas. Es una familia entre una asociación que cría ganado bravo y cada mes suben una veintena de montados a rodearlos y encorralarlos. "El negocio es malo, pero la afición empuja", en otras palabras, es una actividad que no llena el bolsillo pero si el corazón y... que vale más.


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