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Por Ximena Cordovez
Foto Jonathan Green/ Visualfund

Parque Nacional Machalilla

La tortuga negra del Pacífico (Chelonia mydas) anida en varias playas dentro del Parque Nacional Machalilla.

Peces de distintas formas y colores, remanentes de coral, erizos y estrellas de mar formaban parte de un paisaje difícil de olvidar, donde el agua y el silencio nos rodeaban. Permanecimos allí cerca de 30 minutos hasta que las reservas de aire y el frío nos obligaron a salir a la superficie. El día antenor recorrimos por más de cuatro horas un estrecho sendero que en su parte baja, atraviesa el bosque seco con especies adaptadas a suelos salinos y a la escasez de agua; y en la parte alta, el bosque húmedo de garúa, donde todavía es posible escuchar monos aulladores y el canto de numerosas especies de aves. En poco tiempo, habíamos descubierto una inmensa variedad de formas de vida y ecosistemas, aunque nuestro viaje por el Parque Nacional Machalilla apenas había comenzado.

Este Parque, ubicado en la provincia de Manabí, cubre una extensión de 55.059 has (incluyendo la Isla de La Plata, el Islote de Salango y varios islotes menores) y dos millas náuticas desde la costa. Su geografía se ve moldeada por la cordillera costera Chongón-Colonche y el clima de la región está influenciado por el paso de las corrientes fría de Humboldt y cálida de El Niño. Otra importante característica de la zona es la presencia de restos arqueológicos de varias culturas precolombinas como: Valdivia (cbnsiderada la más antigua de Sudamérica), Machalilla, Chorrera, Bahía y Guangala; todas estas predecesoras de la cultura Manteña, famosa por su gran habilidad en el arte de la navegación.

Para conocer más sobre la arqueología del lugar visitamos la comuna de Agua Blanca, un típico caserío de la Costa con pequeñas y rústicas casitas de paredes de caña guadúa y techos de cade (hojas de tagua). Allí nos recibió amablemente Gonzalo Asunción, alias “El Alacrán”, miembro de la comunidad y guía naturalista del Parque, quien logró mantenernos interesados todo el tiempo con sus anécdotas e historias: “Agua Blanca fue la antigua capital del Señorío Manteño de Salangome; aquí vivieron miles de personas y se construyeron cientos de edificaciones. Sus miembros eran excelentes navegantes que se desplazaban en embarcaciones de balsa, desde las costas de México hasta las de Perú, con el objetivo de comercializar con otras culturas durante sus viajes”.

Gracias a más de una década de trabajo, varias excavaciones arqueológicas en el área se han logrado rescatar importantes ruin arquitectónicas y restos de cerámica. Algunos de ellos permanecen en un pequeño museo administrado por la misma comuna, donde se exhiben vasijas, utensilios de cerámica, asientos sagrados de piedra utilizados única mente por el “curaca” o jefe de la ciudad, joyas de cobre y puntas de lanza de obsidiana. que confirman el intercambio que mantenía este pueblo con las culturas de los Andes. “En aquella época se utilizaba la concho Spondylus como instrumento de intercambio y símbolo de riqueza. En la actualidad, este molusco se sirve en los mejores restaurantes de la zona, aunque últimamente ya no se lo encuentra tan fácilmente porque está siendo sobre explotado “, nos contó Gonzalo.

Terminado el recorrido a través de la historia, decidimos darnos un refrescante baño en una hermosa laguna, cuyas aguas sulfurosas y lodos tienen la fama de curar más de un mal. Ese mismo día salimos rumbo a San Sebastián, el punto más alto dentro del Par- que, al que solo se llega después de una caminata de cuatro horas desde la comuna de Agua Blanca.

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