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Por Ernesto Salazar

Cuadro físico de las regiones equinocciales

Retrato del Barón Alexander von Humboldt en su visita al Ecuador.

Frente a su mesa de trabajo, el Barón de Humboldt pensaba, con los ojos cerrados, mientras la humedad del puerto se filtraba por la ventana. Era el mes de febrero de 1803 y Guayaquil languidecía en el sopor de la tarde, sin incomodar al Barón, que saboreaba en silencio los recuerdos de su odisea andina.

No podía ser de otra manera. Había recorrido recientemente el paso del Quindío, los páramos de Tolima, Pasto y Guamaní; y había escalado el Pichincha, el Antisana, el Cotopaxi, el Chimborazo, y otros montes que, por el momento, se le escapaban de su mente saturada de frío y de montaña. Sin embargo, en los libros de campo que yacían amontonados en un cajón abierto, estaban los datos de su hazaña: observaciones botánicas, astronómicas, físicas, etnográficas, que un día le consagrarían como el más grande naturalista de todos los tiempos.

El Barón tomó uno de los libros y lo hojeó atentamente, como si estuviera caminando de nuevo por el dorso cordillerano. Y pensaba en las plantas. La maravillosa sucesión de las plantas en el ecosistema andino, que el sabio quería plasmar en un cuadro que “satisfaga el entendimiento y excite la imaginación”. En efecto, al ascender la cordillera había visto las palmeras tropicales perderse paulatinamente entre bosques más altos que, a su vez, daban lugar a comunidades herbáceas, que se extinguían en la altura cediendo el terreno las gramíneas y criptógamas, y finalmente las nieves eternas...

Le fascinaba sobre todo la diversidad de la flora altoandina. Justamente en su Geografía de las Plantas, publicada en 1805 con el cuadro que esbozaba en ese momento, reconocería con asombro que en los Andes de Quito, en una faja de 2.000 m de ancho había más variedad forística que en zona igual en los declives de los Pirineos.

El Barón se sentó a la mesa y dibujó en un papel el perfil del Chimborazo, con el flanco occidental descendiendo bruscamente a la llanura costera, y el flanco oriental hendido con una profunda depresión para señalar los valles interandinos formados en el curso de la historia geológica. El Chimborazo se había convertido en su montaña predilecta por dos importantes razones: era la más alta del mundo en aquel tiempo (6.544 m, según sus propias mediciones), y la había escalado (aunque no hasta la cúspide), récord personal del que estaría muy orgulloso, especialmente cuando toda Europa le tributara su admiración por esta proeza.

Detrás del Chimborazo esbozó el perfil del Cotopaxi, por ser uno de los volcanes más activos de la época. Justamente, en 1803 había sorprendido a los pueblos aledaños con su periódica descarga de piroclásticos.

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CONTENIDO REVISTA 8

 

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