N° 65 - mayo junio 2010
 
 
 
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El Ecuador es un país megadiverso. Nos lo repiten constantemente, y ya es parte del imaginario popular que nuestra riqueza biológica es incomparable y compuesta de organismos que no existen en ningún otro lugar. Pero, ¿dónde está esa diversidad? En seguida vienen a nuestra mente parajes lejanos –la selva amazónica, bosques nublados refundidos en los contrafuertes andinos, islas encantadas–, sitios que no conocemos y que vemos como más apropiados para turistas afuereños, comarcas frágiles y amenazadas de las que alguien se encarga –o al menos debería– de preservar, aisladas, para el futuro.

Pues sí, la diversidad biológica que está en las reservas naturales es una parte importante, pero no es toda. En realidad, la biodiversidad está en todas partes; cada ser vivo es una representación de la magnificencia de la vida y su evolución. Tenemos frente a nuestros ojos ejemplos cotidianos en el jardín de la casa, en parques y plazas, en calles, aceras y bordillos. La constatación de esta ubicuidad tiene importantes implicaciones para varios ámbitos del urbanismo y de nuestra vida diaria, desde un diseño más eficiente de parques y jardines hasta nuevas concepciones de lo que constituye nuestro “patrimonio”.

La biodiversidad urbana es una realidad en cualquier ciudad, pero especialmente en Quito. Aquí se conjugan factores ambientales –la orografía compleja que provee un mosaico de microclimas, la pródiga energía del sol ecuatorial, la cercanía de importantes centros de especiación en la Amazonía y el Chocó– con el mestizaje cultural producto de la peregrinación milenaria de los pueblos, cada uno con su bagaje agropecuario singular. Estas condiciones han dado a Quito una alta complejidad ecológica, no siempre conocida y apreciada.

En la ciudad larga, de más de cinco leguas, que va desde Tambillo y Santa Rosa por el sur, incluyendo los valles de Los Chillos y Tumbaco por el este, las faldas orientales del Pichincha hasta el norte de Calderón y Guayllabamba, se han desarrollado flora y fauna nativas con modos de vida únicos, enriquecidos luego con los aportes foráneos. Los organismos autóctonos incluyen más de ochocientas especies de plantas vasculares y un número aún desconocido de musgos, hepáticas y hongos. La fauna también es profusa, con más de cincuenta variedades de aves, una veintena de mamíferos diferentes, algunas culebras y lagartijas, y muy poquitas ranas. Y faltan los bichos, decenas de miles: insectos acuáticos y terrestres, arañas, piojos, ciempiés…

Esta fastuosa biota forma una compleja red de relaciones de la que participamos y nos beneficiamos de distintas maneras. Tenemos flores de todos los colores, formas y tamaños a lo largo del año, que atraen con su néctar a frenéticas aves, mariposas y murciélagos. Moscos y abejorros también se nutren de ellas y las polinizan, permitiéndoles producir frutos que las raposas y ratones consumen y nosotros utilizamos para hacer jugos y helados –como el delicioso taxo. Las ranas todavía cantan en las noches y los huiracchuros trinan alimentando leyendas, mientras que tarántulas y alacranes acechan a sus pequeñas presas desde cada hendija.

Estas interacciones constituyen el patrimonio natural de los quiteños, pero también son parte integral de nuestra cultura: de nuestros miedos, anhelos y nostalgias. Reuníamos williwillis, lagartijas y un sinnúmero de bichos durante nuestros días infantiles, jugábamos con trompos hechos de tocte o sanábamos nuestras heridas con agüita de matico. Desde las primeras sociedades que se asentaron en esta meseta la relación con la naturaleza ha sido estrecha. De ella hemos dependido y dependemos para la provisión del agua que consumimos, la polinización de nuestros huertos, la obtención de leña y carbón, las especias con que cocinamos y los personajes que pueblan nuestros cuentos. Sin embargo, a medida que la ciudad ha ido creciendo y nuestras actividades se han desligado (o creemos que lo han hecho) de las del campo, parecería que nos hemos vuelto menos conscientes de esta trama y de su importancia.

Esta diferencia se constata en lo que ha pasado en las últimas décadas. El crecimiento de la ciudad y sus políticas de desarrollo (o la falta de ellas) no han considerado la multitudinaria presencia de especies y su importancia en el funcionamiento de los ecosistemas de los que somos parte. La ciudad megadiversa va creciendo y pierde de a poco los espacios que la vida necesita para desarrollarse. Pavimentamos los jardines para guardar el automóvil familiar y las veredas para que los clientes se estacionen. En algunos casos, como el de la casa Navarro en la esquina de la avenida 12 de Octubre y Madrid, parques enteros se han convertido en estacionamientos de

supermercados. No solo los carros, sino también el crecimiento poblacional, demandan más espacio en detrimento de áreas verdes. En los últimos treinta años la población quiteña aumentó 33 por ciento, extendiendo el área geográfica de la ciudad y, a la par, su densidad poblacional. Esta variable, que considera la cantidad de habitantes por unidad de área, es importante en discusiones de sostenibilidad. Aunque el sentido común ambientalista tiende a asociar una mayor densidad humana con la pérdida de calidad ambiental, la realidad es más compleja. Las ciudades más densas suelen ser más eficientes en la utilización de recursos y energía, y el crecimiento vertical de las ciudades permite reservar áreas para espacios verdes entre las construcciones. Pero también, ciudades más densas requieren más recursos de las áreas aledañas, por lo que hay quienes proponen que ciudades menos densas que internalicen la producción de energía y alimentos son el camino a seguir. En resumen, la cuestión de la densidad en las políticas urbanas es un debate abierto que debe tomar en cuenta muchas variables, incluyendo la conservación de la biodiversidad urbana y la suficiencia de parques y jardines. El problema viene cuando se dejan estas decisiones a cargo de la lógica de la renta del suelo, que busca construir hasta en el último centímetro, sin otra consideración que la rentabilidad inmediata.

Otro aspecto que incide en la conservación de la vida urbana es nuestra concepción de área verde. ¿Qué es un parque o un jardín para nosotros? En gran medida, la respuesta a esta pregunta está determinada por dos pilares del pensamiento nacional: por un lado, un desarrollismo heredero de la Ilustración que busca el control de la naturaleza y, por otro, la racionalidad colonial que busca aproximarse a modelos foráneos de la realidad. Nuestros parques y jardines tienen todavía la impronta de los parques franceses, esquema implantado como dispositivo civilizador a partir de García Moreno para las plazas centrales de los pueblos. Así como algunas cercas de la Plaza Grande en Quito son las descartadas durante una remodelación de las Tullerías de París, los jardines y parques “respetables” se caracterizan por tener especies foráneas –como el quicuyo y muchas flores “típicas” de otras latitudes–, por la búsqueda del orden y por el control a rajatabla de la exuberancia y la diversidad. Cualquier desviación de esta norma se considera “monte” o “terreno baldío” y surgen los comentarios sobre la dejadez del dueño o las protestas por el descuido municipal. Lo mismo vemos en la obsesión de rellenar y “adecentar” las quebradas, refugio último de los ecosistemas andinos e importantes elementos para la conservación del agua. El problema con esta idea imperante de área verde es que va en contra del funcionamiento saludable de los ecosistemas: fragmenta el hábitat, destruye zonas de reproducción y plantea barreras en la distribución de las especies, y a fin de cuentas se traduce en un deterioro de la salud ambiental.

El resultado de estas ataduras ideológicas se evidencia en un reporte de la FAO sobre silvicultura en Quito hacia finales de los noventa: el sesenta por ciento de las especies plantadas en parques y jardines manejados por el municipio provienen de otras geografías. Lo más común en aceras y parterres es encontrar enfilados en orden militar acacias, cepillos y eucaliptos. Estos tres tipos de árbol, todos australianos, son los más comunes en la ciudad. También destacan los nísperos (japoneses), jacarandás (brasileros), robles, pinos, fresnos y cipreses (norteamericanos) y palmas de Canarias (de las islas Canarias). Aunque en los últimos años ha mejorado este sesgo, las pocas especies nativas que se han tomado en cuenta –toctes, alisos, cholanes, guabos, tilos, molles, capulíes, arrayanes, ente otros –constituyen el veinte por ciento de los árboles en parques y jardines. Esta pobre representación de especies nativas frente a las introducidas se hace más significativa si se considera que, según una publicación de la Universidad Católica (www.efloras.org), hay más de 330 especies de árboles y arbustos en los Andes ecuatorianos, opciones más que suficientes.

La promoción del uso de flora nativa no se origina de nostalgias románticas o exacerbación chauvinista (aunque, por supuesto, puede estar ligada a ellas). Se sustenta en razones técnicas y económicas. Los ecosistemas nativos (en cualquier parte del mundo) tienen un funcionamiento que se autorregula por su historia evolutiva y por su resultante complejidad. Las especies introducidas son más vulnerables a enfermedades y plagas, especialmente si están en monocultivos (mire usted cómo lucen los pinos en los páramos del Cotopaxi: ¡si se enferma uno se enferman todos!). Igualmente, el modelo “controlador” de parques y jardines requiere mantenimiento, podas, abonos y el desperdicio de agua potable para riego. Todos estos ítems significan recursos y energía.

Un caso externo puede indicarnos el costo de los parques y jardines demasiado manejados. En Estados Unidos se invierten unos 2 mil millones de dólares anuales en control de plagas de plantas en áreas residenciales; otros 1 600 millones de dólares se gastan en gasolina para podadoras, además de la emisión de gases de combustión. Otros 25 mil millones de dólares se van en pesticidas y fertilizantes para jardines. Finalmente, está el uso irracional del agua, llegándose en algunos lugares a emplear en riego de parques y jardines hasta el treinta por ciento del consumo de agua de la ciudad (agua potable, de la mejor calidad y muy cara, apta para consumo humano).

De igual forma, la depreciación o el reemplazo inadecuado de ecosistemas nativos tiene consecuencias económicas que van más allá del mantenimiento que implican los ecosistemas insostenibles que se crean en su lugar. Tal es el caso, por ejemplo, del agotamiento de las reservas de agua que resulta de la sustitución de bosque nativo por plantaciones de eucalipto, o los deslaves y otras calamidades provenientes del relleno y deforestación de quebradas (el derrumbe en El Trébol todavía está fresco en la memoria), o las costosas intervenciones en que incurre la Municipalidad de Guayaquil donde los manglares han sido reemplazados por asentamientos humanos.

Como hemos visto, la vida en la ciudad está en todos los lugares, pero cada vez tiene menos lugares donde estar. Por el contrario, la ciudad ecosistema que proponemos alberga la vida y la promueve, con todos los beneficios que esto tiene para sus habitantes humanos. Esto requiere que desarraiguemos los arcaicos esquemas de arquitectura, movilidad y paisajismo que todavía nos rigen. La respuesta de los románticos ingleses al cartesiano jardin français fue el bucólico jardín inglés, despeinado y espontáneo (y mucho más barato de mantener). ¿Podemos nosotros modelar un “jardín andino”, más acorde con los valores de diversidad y respeto a la naturaleza que alardeamos tener?

*Martín Bustamante y Hugo Mogollón son biólogos y comunicadores, miembros del personal de Finding Species. martin@findingspecies.org