Marzo - Abril de 2003
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Por Juan Sebastián MArtínez
Foto Archivo Histórico del Banco Central

Apogeo y agonía del humor quiteño en la memoria de Nicolás Kingman

La Palza Grande en la década de 1950 fue el sitio de reunión de los quiteños para comentar los sucesos de la vida capitalina. El lugar fue bautizado como "El mentidero" por la cantidad de calumnias jocosas que allí se ideaban.

Con la amargura de quien reconoce la pérdida de un amigo, Nicolás Kingman, uno de los periodistas ecuatorianos que más ha utilizado el recurso de lo jocoso, nos advierte que el humor ha sido acallado en nuestro Quito de cada día. “¿Qué pasó? ¿Por qué fue menospreciado?”, se pregunta don Nicolás cuando compara sus recuerdos con lo que hoy escucha y mira. Y nosotros, al oír su señal de alarma, no podemos más que anclar el entrecejo y ensayar varios tipos de explicación.

El buen humor, esa actitud de sonreír o de hacer sonreír al resto, es una manera específica de enfrentarse al mundo y a la vida: es una de las formas más eficaces que hemos encontrado los hombres para roer la adversidad. Sirve, al mismo tiempo, como un mecanismo que nos permite expresar lo inefable y mostrar así nuestro punto de vista interior. El humor se convierte entonces en una licencia para interpretar los actos personales, políticos y comunitarios; para mostrar el absurdo de muchas de nuestras prácticas e instituciones. Por eso está tan arraigado en la humanidad. Por eso no se lo puede eliminar, aunque en ciertos momentos históricos aparezca evidentemente mermado.

Pero, ¿qué mueve a Kingman a señalar la pérdida del sentido humorístico en nuestra ciudad? Podríamos suponer que se trata de aquella ilusión antropológica descrita por Jorge Manrique durante la Edad Media en la siguiente estrofa:

Pero, ¿será únicamente esa tendencia humana a exagerar las bondades del pasado, la que motiva al humorista y conversador satírico que ha sido Nicolás Kingman para diagnosticar herido a nuestro ingenio humorístico? Tenemos que admitir que hay esa posibilidad, sin embargo no es menos probable que sus ocho décadas le brinden cierta visión panorámica de los acontecimientos y que, por lo tanto, sin respaldo de investigaciones científicas, tenga razón cuando afirma que “ya no existe el chistoso, no hay gente con tal sagacidad. No existe porque no hay el conciliábulo. Desaparecieron los cafetines y las cantinas que los albergaban. Esos locales fueron la cuna de la sal quiteña. La sal quiteña ha muerto; que no le quepa duda a nadie.”

Si confiamos en su relato, tenemos que imaginar primeramente el itinerario del humor que nacía en la bohemia y en el entonces famoso “mentidero” de la Plaza Grande (en donde se reunían el terrateniente, el burócrata y el chulla quiteño): el humor pululaba en esas conversaciones e iba tomando forma de apodos, piropos y mitos que, cual Fama virgiliana, salían luego de la plaza para invadir calles, portones, salas, comedores, tiendas, farmacias, ministerios, terrazas y habitaciones de un Quito que ya ha sido petrificado bajo las raíces de nuestra presencia, pero que mantiene su movimiento y bullicio en el eco de las casas viejas, en algunos textos archivados y en la memoria de don Nicolás.

Don Nico no habla de una sociedad únicamente risueña, cándida y bonachona. Por el contrario, se refiere a un conglomerado en el que, como en el nuestro, también la violencia y la picardía atacaban al arco de las buenas intenciones. La diferencia, según él, radica en que en la mayoría de las situaciones, tanto lo aceptado como lo antisocial tenían algún ingrediente de comicidad.

Lee el artículo completo en la edición No 22

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